De la A a la Z
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Abel Barreto Cruz
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¡Que nos una el futbol!
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El fútbol en México, más que un deporte, es una pasión que mueve a millones. Sin embargo, en esta fervorosa afición, existe un fenómeno que merece una profunda reflexión: el extremismo en torno al Club América. A diferencia de otros equipos, cuyo éxito genera entusiasmo y alegría, el América parece desatar un nivel de fanatismo que a menudo se tiñe de odio, con consecuencias trágicas que van desde pleitos familiares hasta, lamentablemente, asesinatos.
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Es crucial entender que este ambiente de polarización no surge espontáneamente de la afición. Detrás de esta espiral de animadversión se encuentran, en gran medida, los patrocinadores y, sí, también ciertas esferas del poder político y deportivo. La frase «Ódiame más», un lema mercadológico del América, es un claro ejemplo de cómo se instiga la confrontación, desafiando la paciencia y exacerbando las emociones, especialmente cuando el alcohol entra en juego.
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Esta dinámica de odio no es exclusiva del ámbito deportivo. Hemos sido testigos de cómo, en el terreno político, la división entre partidos y figuras públicas ha fragmentado a las familias y a la sociedad en general. La intolerancia y la violencia que a menudo se observan en las canchas de fútbol, a pesar de campañas como «Juega Limpio» que parecen ignoradas, se replican en las tribunas, derivando en tragedias que lamentablemente han cobrado vidas en todo el mundo.
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¿Qué sería del fútbol, y de nuestra sociedad, si en lugar de fomentar la animadversión, promoviéramos el respeto y la camaradería? Sería verdaderamente constructivo ver a los cuerpos técnicos y a los propios jugadores dar el ejemplo, mostrando respeto por el prójimo, incluso después de un resultado adverso. Imaginemos la imagen de ambos equipos fundiéndose en un abrazo fraterno al final de un partido, tal como a veces lo hacen los boxeadores después de una contienda encarnizada.
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Este gesto, aparentemente simple, tendría un impacto profundo. Así como el odio se traslada actualmente a las tribunas, la empatía y el espíritu deportivo generarían un ambiente de alegría entre los aficionados, incluso entre los que pierden. Recordaríamos que, al final del día, el fútbol es solo un juego. Y en ese juego, como en la vida, el respeto y la unión deberían prevalecer sobre la división y el odio. Es hora de cambiar el guion y construir una narrativa donde la pasión por el deporte nos una, en lugar de dividirnos.
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En resumen, los resultados en el campo deberían ser motivo de celebración y sana competencia, no de humillación. Lo que presenciamos, con la victoria del Toluca sobre el América en la disputa por el Campeón de Campeones, nos recuerda que ningún equipo es invencible. La soberbia que a veces rodea a ciertos clubes, alimentada por la mercadotecnia que los eleva a un estatus casi divino tras éxitos como un tricampeonato, solo fomenta la arrogancia y la burla hacia los demás. Este tipo de fanatismo, incitado por las empresas detrás de los equipos, es lo que finalmente daña el espíritu deportivo. En lugar de estar escondidos o resentidos, tanto los aficionados americanistas como los choriceros deberían sentirse satisfechos por haber sido parte de un gran partido. Al final, lo que importa es el espectáculo y la pasión compartida por el fútbol, no la confrontación.

